Minnesota arde mientras EE.UU. usa el mundo para distraer: Trump, Venezuela y la sombra de Epstein
miles de personas salen otra vez a las calles tras la muerte de Renee Nicole Good, abatida durante un operativo del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).
En Minnesota, el estado donde en 2020 la policía asesinó a George Floyd en Minneapolis, la historia vuelve a repetirse. Cinco años después, miles de personas salen otra vez a las calles tras la muerte de Renee Nicole Good, abatida durante un operativo del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).
Los elementos son inquietantemente familiares: una mujer muerta, videos que contradicen la versión oficial, autoridades federales justificando el uso letal de la fuerza y gobiernos locales que ya no confían en los comunicados de Washington.
No es solo un caso más de violencia estatal. Es un recordatorio incómodo de que las promesas de reforma posteriores a 2020 no lograron desactivar el patrón. Minnesota no aparece aquí como una coincidencia geográfica, sino como una advertencia política: el problema no fue una excepción, fue estructural.
La violencia interna y el discurso del salvador
Mientras Estados Unidos vuelve a enfrentar protestas masivas por el accionar de sus fuerzas federales, el discurso oficial insiste en proyectar al país como garante del orden democrático global. Venezuela, Groenlandia, China, Rusia: la lista de frentes externos crece al mismo ritmo que se erosionan las certezas internas.
La contradicción no es nueva, pero sí cada vez más visible. Un Estado que no logra garantizar justicia y rendición de cuentas dentro de sus propias ciudades pretende, al mismo tiempo, erigirse en árbitro moral de conflictos ajenos. Minnesota expone el límite de ese relato.
ICE, impunidad y policía paralela
Que la muerte de Renee Nicole Good haya ocurrido en un operativo del ICE no es un detalle menor. Durante años, esta agencia ha sido denunciada por operar en ciudades santuario con niveles de fuerza y opacidad que desbordan los controles locales.
Su presencia ha sido leída, por autoridades municipales y organizaciones civiles, como una forma de policía paralela: poco transparente, altamente politizada y con escasos mecanismos de rendición de cuentas.
La reacción federal volvió a recurrir a un guion conocido: la víctima como amenaza, el vehículo como arma, los disparos como defensa inevitable.
Sin embargo, los registros audiovisuales y los testimonios difundidos tras el operativo han puesto en duda esa versión, alimentando una desconfianza que ya no es marginal, sino estructural.
De Floyd a Good: el bucle que no se rompe
En 2020, el asesinato de George Floyd desencadenó una ola global de protestas y un compromiso público de reforma policial. Cinco años después, las marchas regresan al mismo estado, con las mismas consignas y una sensación más profunda de desgaste: la violencia estatal no fue corregida, solo fue administrada.
La diferencia es que hoy el contexto político es más frágil. Las tensiones entre gobiernos locales y federales se han profundizado, y la legitimidad moral del Estado estadounidense enfrenta cuestionamientos tanto dentro como fuera del país.
México como nuevo frente discursivo
En ese mismo registro de fuerza hacia afuera, Donald Trump volvió a escalar su retórica, afirmando recientemente que Estados Unidos podría atacar a los cárteles del narcotráfico en México incluso con operaciones terrestres.
La declaración no solo tensiona la relación bilateral, sino que reintroduce una lógica peligrosa: la de exportar violencia estatal bajo el argumento de la seguridad, mientras el propio país enfrenta una crisis profunda de legitimidad en el uso de la fuerza.
El mensaje es claro y contradictorio: un gobierno que no puede explicar ni rendir cuentas por una muerte en Minnesota se arroga la autoridad de intervenir militarmente en territorio ajeno.
El ruido externo como cortina
Mientras Minnesota protesta, la agenda internacional se llena de gestos de fuerza y declaraciones grandilocuentes. La política exterior vuelve a ocupar el centro del escenario, desplazando el foco de una crisis doméstica que amenaza con incomodar al poder.
En paralelo, resurgen nombres y escándalos que el sistema político preferiría mantener en segundo plano, incluido el de Jeffrey Epstein y las conexiones que aún proyectan sombras sobre figuras centrales del poder estadounidense.
No hace falta sostener que una crisis “tapa” deliberadamente a la otra para reconocer una dinámica conocida: cuando el escándalo interno se acerca demasiado, el volumen del enemigo externo sube.
No se trata de una conspiración, sino de una lógica política antigua: saturar la conversación pública, redefinir prioridades y reinstalar el relato del salvador global.
El límite del relato estadounidense
Minnesota vuelve a decir lo que el discurso oficial intenta evitar: no hay democracia exportable cuando la justicia interna sigue pendiente. Un país que no puede garantizar que una mujer no muera durante un operativo federal difícilmente pueda presentarse como árbitro moral del mundo sin enfrentar preguntas incómodas.
Las protestas por Renee Nicole Good no reclaman solo justicia por una vida perdida. Interpelan una idea más profunda: la de un Estado que se reserva el derecho de usar la fuerza sin asumir plenamente las consecuencias, dentro y fuera de sus fronteras.
Tal vez por eso el caso incomoda tanto. Porque recuerda que la violencia que Estados Unidos denuncia en otros países es, muchas veces, la misma que se niega a reconocer en casa.
Y porque Minnesota, otra vez, deja en evidencia una verdad difícil de exportar: no hay liderazgo democrático posible cuando la rendición de cuentas sigue siendo selectiva.